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Flores de Bach y adolescencia femenina

¿Qué le pasa a tu hija adolescente? ¿Está viviendo esta etapa tan singular de su vida con silencio extremo, rabia explosiva, aislamiento, trastornos de la alimentación, agresividad, apatía, sexualidad desmedida? Quizá esté llena de orgullo y fascinada por su independencia mental.  Quizá te ponga de los nervios o te tenga preocupada… Recuerda que es probable que tenga miedo a lo nuevo, a no ser capaz, a equivocarse, a no dar la “talla”… Macarena Vergara nos habla de cómo las flores de Bach ayudan a nuestras hijas a vivir con naturalidad los infinitos cambios que están por venir.

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La adolescencia es un período de cambio. Siempre estamos evolucionando física, mental y emocionalmente a lo largo de nuestras vidas, pero cuando hablamos de la adolescencia conviene resaltar que ésta es un momento en el cual todo en nosotros quiere una expansión sin precedentes y necesitamos definirnos como personas separadas de nuestros padres y madres, acercándonos más a nuestros pares, amigos y amigas, y queriendo formar parte de una nueva tribu. Dejamos atrás, o al menos lo tratamos, el vínculo emocional que tenemos con nuestros padres para establecer nuevos vínculos con las personas de nuestra elección, ya que en esta etapa es fundamental el poder decidir por nosotros mismos y elegir conscientemente quiénes estarán en nuestros nuevos círculos íntimos.

Cuando somos niños, estamos fusionados con nuestras figuras de apego (padre, madre, abuelos o personas que estén a nuestro cargo). Nos dejamos guiar y dependemos de ellos. Llegamos a vivir en gran medida a través de los ojos de estas personas. El diferenciarnos como propósito vital no es algo que busquemos especialmente. Estamos en el descubrimiento de la vida, en el juego y en un mundo puramente emocional. Llegamos a este tierra con ciertos rasgos de nuestra personalidad ya definida, pero siendo niños nos amoldamos a nuestro entorno, nos acoplamos y nos nutrimos de éste.

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Está claro que hay cambios en el transcurso de nuestra infancia: vamos creciendo y pasamos por infinidad de transformaciones físicas, psicológicas, cognitivas, emocionales y una larga lista más; pero la diferencia entre estos cambios y los que podemos atravesar en la adolescencia es que en la infancia hay un componente más “animal”, más instintivo e intuitivo, en el cual la figura de apego tiene un rol capital, ya que está allí para acompañarnos, para contenernos y guiarnos. Al decir que son más instintivos quiero decir también más emocionales. No pasan tanto por el filtro mental. Los cambios en esta etapa no dependen tanto de la conformación de la personalidad del individuo. En cambio cuando hablamos de la adolescencia estamos en un momento en el cual no sólo tenemos el componente emocional/fusional de la infancia, sino que también cobra gran importancia lo racional. La mente se define como única y separada y entramos en esa búsqueda de individualidad y en la necesidad de sentirnos independientes y únicos.

Metafóricamente hablando, estamos frente a un acantilado, el vacío mismo de lo nuevo, lo desconocido; y no queremos tener más la ayuda y la guía de nuestras figuras de apego porque lo que necesitamos justamente es sentirnos separados, libres. Las rechazamos como opuestas a nuestra “nueva vida”, las tildamos de obsoletas y es entonces cuando nos plantamos en el borde de ese acantilado, al cual nos tenemos que lanzar, creyendo que sí sabemos hacerlo por nosotros mismos y queriendo demostrar a nuestros pares que sí somos capaces. Estamos llenos de orgullo y nos sentimos alados por nuestra nueva independencia. Pero por dentro tenemos también miedo a lo nuevo, miedo a no ser capaces, miedo a equivocarnos, a no dar la “talla”, además de un sin fin más de emociones que nos desbordan sin que podamos controlarlas.

Los cambios, como decía, son inherentes a nuestras vidas. “Cambia, todo cambia” como dice la maravillosa canción de Violeta Parra. ¿Pero qué podemos hacer cuando estos cambios no los vivimos bien, cuando ellos nos desestabilizan, nos fragilizan y perturban?

Walnut (nogal) es la esencia floral que nos ayuda a pasar estos períodos o momentos en los cuáles no nos adaptamos o sufrimos con los cambios que se producen internamente en nosotros o en nuestras circunstancias vitales. Al considerar esto, llegamos a la conclusión de que ésta es una esencia altamente espiritual, ya que, al ayudarnos a estar mejor en esta vida terrenal, es decir, a vivir bien cambios físicos, emocionales y mentales (también cambios de espacio como mudanzas, cambio de trabajo, cambio de países, etc.) nos lleva a poder adaptarnos a lo que la Vida en definitiva nos enseña día a día, que no es ni más ni menos que estamos en constante evolución y que para ser felices tenemos que ser, usando una imagen metafórica típica del Zen, como el junco que se mueve con el viento, flexible. Si no somos flexibles, si no nos adaptamos a los miles de cambios, vamos luchando contra la Vida y vamos tensionándonos y cristalizando en nosotros emociones que luego nos hacen daño.

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Una vez hecha esta reflexión sobre los procesos de cambio que se suceden a lo largo de nuestras vidas y cómo estos nos afectan de una forma genérica, volvamos a la idea del cambio y a los otros procesos propios de la adolescencia considerados desde una perspectiva femenina. Las mujeres en esta sociedad estamos siempre confrontadas a una imagen física muy restrictiva y restringida. Vemos en revistas y medios audiovisuales constantemente mujeres delgadas, maquilladas, vestidas de esta o aquella manera… En definitiva, una mujer sumamente estereotipada. Las adolescentes, en búsqueda de su propia identidad y al tratar de compartir ésta con sus pares, tratan de encontrar fuera de ellas lo que “funciona” en este mundo y procuran ceñirse a ello. Se crean grupos de amigas y se definen por una línea que siguen todas como su propia bandera.

¿Pero qué pasa cuando no podemos adaptarnos a esta moda? ¿Qué pasa cuando por más que queramos, ya sea por nuestro físico o por nuestro tipo de personalidad, no entramos en estos cánones impuestos por la sociedad y compartidos por el grupo de amistades que hemos decidido tener? Sufrimos, nos sentimos menos que los demás, nos llenamos de rabia, de rencor, perdemos confianza en nosotras y podemos incluso llegar a detestarnos. Aquí, entre otras esencias que ya nombraré, Walnut es de gran ayuda, porque nos ayuda a sentirnos estables, a adaptarnos y a no estar ni frágiles ni influenciables en un momento complicado.

Pongo un ejemplo: María es una adolescente que tiene una personalidad más bien tímida e introvertida. No le gusta llamar la atención, se pone muy nerviosa al estar con personas que no conoce. Sin embargo, con sus amigas se siente muy a gusto y es extrovertida y divertida. Empiezan los cambios físicos y hormonales propios de la adolescencia y su cuerpo comienza a cambiar incontrolablemente. Sus pechos crecen (¡y mucho!) y comienza a configurarse como una mujer muy guapa y voluptuosa. En cambio, sus amigas siguen siendo las mismas de siempre. No han comenzado aún a experimentar a esos cambios o quizás algunas sí, pero de una manera mucho menos pronunciada. Sus amigas, viendo que María tiene un cuerpo ya más formado que ellas y por ende más “de mujer”, comienzan a hablar de ella, seguramente hasta con celos y envidia, porque los chicos la miran y porque, por dondequiera que pasa, las miradas se vuelven a ella. Es una joven mujer preciosa, pero para ella lo que le está sucediendo es lo peor que le podría haber pasado. Por culpa de este cuerpo ya sus amigas no son como antes con ella. Se siente incomprendida y sola. Y qué no decir de todas las miradas que percibe a su alrededor, cosa que la ponen muy nerviosa y que lo único que suscitan en ella es sentimientos de incomodidad. Todo esto le produce unas ganas locas de querer desaparecer. Los cambios que María está experimentando no la hacen feliz. La fragilizan, la ponen en evidencia y está perdiendo toda la estabilidad que sentía en su pequeño grupo de amigas.

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